Autor: Redes 3 agosto 2014

Estoy en un pequeño pueblo humedecido por el Atlántico, cerca de Royan, bien al norte de Burdeos. La especie más prolífica y vistosa por aquí son los pájaros –muchísimos más que los humanos–, y sus colores no son chillones, sino matizados; es como si, al ser privados de la compañía de los humanos, su señal para los depredadores se hubiera dulcificado: ¿para qué hacían falta colores más brillantes para alejar a las bestias carnívoras? La naturaleza parecía tener razón: todo gris y pocas estridencias.

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Una playa del Atlántico, en la región francesa del Charente Marítimo (imagen: Jean-Paul Lesage / Flickr).

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