Cuesta creer que en algunas cosas los humanos puedan desarrollar conocimientos que bordean lo imposible –la verdadera naturaleza y forma de la Vía Láctea o los secretos de la física cuántica– mientras que en otras se aferran a convicciones heredadas que nunca fueron, ni por asomo, probadas. Eso es lo que ocurre cuando se evalúan determinadas conductas emocionales; en términos generales, apenas empezamos a desentrañar los mecanismos cerebrales. Es aterradora la ignorancia aplastante del impacto del funcionamiento del cerebro, escondido dentro de la calavera.
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