Desde mi ventana volcada sobre la ría de Cedeira, en Galicia, el espacio y el tiempo acaban de variar ligeramente. Todo sigue igual, aparentemente, que hace un rato; el único cambio –imperceptible a los ojos de los forasteros– consiste en que la proa de los barcos anclados en la ría ahora apuntan a mi ventana, cuando hasta hace menos de dos horas señalaban a mi izquierda.
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