Comparar secuencias genéticas entre organismos nos permite saber cuán parecidas son las diferentes especies que habitan nuestro planeta. Cuanto más se asemejan en su ADN, más próximas se encuentran en la historia evolutiva de los seres vivos. Los avances genéticos de las últimas décadas nos están permitiendo construir un árbol de la vida mucho más detallado e identificar con mayor precisión los eslabones de nuestro pasado evolutivo.
En el reportaje Rastreando el pasado genético, del número 21 de la revista Redes para la Ciencia, te explicamos cómo, mediante el uso de la información genética, podemos ir trazando el árbol evolutivo de los seres vivos. Pide la revista en tu kiosco para leer la entrevista o suscríbete aquí para recibir los ejemplares en casa.

Como las ramas de un árbol, las formas de vida que habitan hoy el planeta son el resultado de la diversificación de un tronco común (imagen: Paul Lindeboom / Flickr).


Hace 3.800 millones de años ocurrió algo sin precedentes en nuestro planeta, la Tierra: surgió la vida. Desde entonces, esta ha evolucionado, modificando y adaptando las múltiples formas que han poblado el planeta. Microbios, hongos, plantas, insectos, dinosaurios, hombres… Todos somos parte de ese caleidoscopio de seres conectados los unos a los otros a través de un ancestro común que, en último término, se remonta a esa primera forma viva.


Somos parte de la excepción. De las aproximadamente 4.000 especies de mamíferos que habitan la Tierra, solo unas cuantas forman vínculos de monogamia social y sexual. Infidelidades aparte y salvando también algunos casos de poligamia, la humana es una de estas especies. ¿A qué se debe este comportamiento social en un número tan reducido de especies? A ojos de la evolución, ¿supone algún tipo de ventaja optar por la monogamia?
