El pecado de los viajeros abandonados recientemente a su suerte en algún aeropuerto europeo no fue otro que comportarse como la gran mayoría de los ciudadanos: querían, simplemente, disfrutar de unas cortas y caras vacaciones después de meses de duro trabajo. Pero ni el Estado ni las empresas ni las instituciones sociales habían previsto remedio alguno para las dificultades que se encontró esa gran mayoría.
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