Estoy en Cambridge, Boston, EEUU, la capital científica del mundo y, concretamente, en la Universidad de Harvard conversando con estudiantes y profesores sobre Ciencia y Democracia.
Para las huestes de pesimistas que invaden el discurso público, diré que hace apenas cincuenta mil años éramos una de las especies más agresivas y dañinas -con la sola excepción de nuestros antepasados los chimpancés-, del planeta. Éramos conocidos por las prácticas del canibalismo, infanticidio y mal trato del sexo opuesto. La climatología, todo hay que decirlo, no acompañaba nada y la población quedó reducida -nos descubren investigaciones genéticas en curso- a unos cinco mil individuos de los cuales sólo unos ciento cincuenta iniciaron la emigración hacia el resto del mundo, principalmente, Asia y Cercano Oriente.
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