Era finales del verano y el calor seguía pegando fuerte en el Ampurdán durante el día. A una de mis hijas, a una nieta de seis años y a mí mismo nos gusta echarnos cubitos de hielo en el vaso en esa época del año; en el primero y el último caso –para horror de los franceses que nos visitan–, mezclados con un poco de vino.
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