A veces cuesta admitir que el más votado es el mejor. En muchas ocasiones resulta que el vencedor de unas elecciones es el peor de los nominados. En ocasiones, la diferencia de votos entre los dos contendientes principales es apenas significativa. ¿Quién apostaría por el futuro, sin ánimo de duda, al constatar que la diferencia en el resultado electoral fue de apenas tres puntos: 51,6% contra 48,3%, y que esa distancia habría desaparecido seguramente de haberse prolongado un par de días más la campaña electoral francesa a la Presidencia de la República?
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