Un colaborador de mi blog recordó a sus lectores un experimento cruel; se arrancó de su madre a una mona recién nacida para que compartiera sus primeras semanas de vida entre un robot –parecido a una mona de verdad de la que podía extraerse leche– y otro robot similar, pero con piel suave de lanilla que abrigaba del frío. La cría sólo dejaba a este último el tiempo justo para alimentarse con el otro robot y volver a buscar enseguida el contacto de la lanilla que parecía envolver no sólo su cuerpo, sino su vida y sus sueños. Como dijo el inteligente comunicador del blog, “es preferible el amor al alimento”.
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